En la planta, la primera decisión nunca es el diseño: es el tono de la tela. La carta Gildan que manejamos tiene 24 colores fotografiados uno a uno — cada muestra de abajo es el pixel de la tela real, no un pantone de catálogo — y va de los claros a los oscuros pasando por la rueda de color, para que se lea como un degradado y no como un muestrario desordenado.
El tono manda sobre la técnica
Un mismo logo no se estampa igual sobre blanco que sobre negro, y no es una manía de taller: es física de la tinta.
- Sobre tonos claros — del blanco al arena, pasando por el azul claro y el amarillo — la tinta se asienta sin pelear con el fondo. La serigrafía va directa y el arte puede jugar con transparencias, porque el color de la tela suma en vez de ensuciar.
- Sobre tonos oscuros — azul marino, carbón, negro — la tinta sola se pierde. La serigrafía pide primero una base blanca y encima el color, una pasada más por cada pantalla. El DTF resuelve eso de fábrica: la transferencia lleva su propia capa blanca debajo del diseño, así que el arte se ve igual sobre negro que sobre blanco.
- Sobre los jaspeados — gris jaspe, grafito, verde bosque jaspe — el fondo no es un color sino una mezcla. Ahí el bordado corre con ventaja: el hilo es opaco y no le importa lo que tenga debajo.
El diseño se adapta al tono, nunca al revés: el color de la tela ya está decidido cuando el arte llega a la mesa.
Por qué la carta se muestra en foto y no en pantone
Cada círculo de arriba sale del packshot real de la camiseta, muestreado del pixel de la tela. Un pantone impreso promete un color; la foto de la prenda muestra el color que de verdad sale de la caja. Si el tono que buscas está en la carta, existe en la percha — y si dudas entre dos vecinos, la respuesta está en la sede de la 73A, con la tela en la mano.